domingo, 31 de mayo de 2015

45 años después de la tragedia

El día que desapareció Yungay

Un día como hoy hace 45 años, eran las 3.23pm del domingo 31 de mayo de 1970. El terremoto de 7.8  grados sacudió al Huascarán que motivo el alud de hielo, piedra y lodo...
Los habitantes pensaron que todo había terminado, pero el terremoto solo fue el inicio del fin de esta ciudad, en tan solo minutos la ciudad de Yungay desapareció por completo, causando la muerte de 22 000 habitantes. Lograron salvarse de tremenda desgracia pocas personas que llegaron a las alturas del cementerio y 300 personas que asistieron a una función en el circo en las afueras de la ciudad.
Los niños que asistieron a esta función quedaron huérfanos, siendo adoptados por extranjeros y trasladados fuera del país algún corto tiempo después
Hace una semana estuve en Yungay - Huaraz, y pude observar lo que quedó de aquella tragedia del año 70', compartiré algunas fotografías de aquella visita.
Entrada del campo santo Yungay
A causa del alud, quedó el ómnibus atascado entre el lodo y piedras.
  

 De la iglesia solo se conserva esta pequeña parte que fue reconstruida por los habitantes, el gobierno y apoyo de extranjeros.
Este es el cementerio reconstruido, lugar donde las personas corrían desesperadamente para alcanzar altura y poder sobrevivir a aquella catástrofe, lamentablemente fueron pocos los sobrevivientes.















Se dice que gracias al campanario, quedaron sólo 4 palmeras como testigos de lo sucedido, actualmente sobrevive solo una.
Las palmeras sobrevivientes son las pintadas en el borde inferior de blanco

Por otro lado, cuando ingresé a Campo Santo, adquirí una revista de la historia de Yungay, en ella encontré el relato de uno de los sobrevivientes, con el cual pude sentir parte de lo que si vivió en aquel año, según Rodrigo, P.(s.f);

Volví a Nacer en un cementerio

El profesor Pelayo Aldave Tarazona, fue una de las pocas personas, que se salvó de la hecatombe corriendo a la cima del cementerio.
El sábado fuí a Huaraz a visitar a mi familia y el domingo 31 regresé a las 2:00 de la tarde, después de almorzar en la casa pensión "El pico de Oro" que quedaba en el Jr. 28 de Julio me dirigí a mi habitación a hacer mi siesta acostumbrada, en mi habitación me quité los zapatos y dormí un poco, desperté antes de lo acostumbrado.
Antes de escuchar por la radio el partido mundialista de México 70 me dirigí a la ducha y después del baño cuando ya me ponía el calzoncillo, sentí el primer remezón, siendo las 3 y 20 de la fatídica tarde. Las paredes se movían como péndulo, el techo se doblaba hacia el piso y corrí a pararme tal como estaba, sobre un umbral de la puerta del baño, pero como el movimiento continuaba salí corriendo a la calle 28 de Julio, me puse al centro y contemple en mi pavor como las tejas bailaban y se venía al suelo las paredes levantando una descomunal polvareda que cubría la ciudad. Gritaban las personas y nadie lograba entenderse porque el ruido era ensordecedor, llevado por el instinto de conservación corrí hacia abajo por en medio de la calle, cuidándome que pudiera abrirse la tierra, avancé hasta la esquina del señor Albino Figueroa, allí presencié un cuadro horrendo, pero por mi estado de insensibilidad humana, no acudí en su auxilio.
Una señora quedó tendida y atrapada cuando le calló el poste de luz eléctrica, en el momento que estaba arrodillada implorando clemencia a Dios; estaba embrutecido con la anulación de mis facultades humanas, adultos, niños y jóvenes gritaban a voz en cuello, llamándose los unos a los otros, como para reunirse y esperar el juicio final.
El aire enrarecido por la densa polvareda, nos dejaba respirar con escasez, obligándonos a cubrir el rostro con ambas manos, en esa esquina don Artemio Giraldo me increpaba por qué estaba semi desnudo en calzoncillos y en ese preciso momento escuchamos un ruido estruendoso semejante al producido por aviones de propulsión a chorro, cada vez más intenso, estruendoso y coincidiendo con la experiencia que ya había tenido antes con las catástrofes de Huara y Ranrahirca, dije violentamente: ¡Aluvión!, se viene el Huascarán, ¡corramos don Artemio! lo cogí del brazo, pero este se quedo parado, preso de una psicosis estática de él me despedí así como estaba para correr a la esquina del restaurant "Los claveles".
Cuando al fin llegué a la pista vi que las casas estaban derribadas y constituían tremendos escombros en la calle, que interceptaban el paso de los despavoridos hombres y mujeres que corrían algunos con dirección al cementerio, mientras tanto mis piernas se habían laxado y no querían obedecer más, mi corazón palpitaba a ritmo veloz y se me hacia difícil la respiración por el polvo denso y asfixiantes. Por la irresistencia de mis piernas rasgadas y sangrantes, caí de cabeza y de pecho sobre la pista, luego de haber salvado los escombrosos a que hago referencia.
En eso sentí un viento huracanado, pero en ese estado que me hallaba tendido, sin aliento y lo ancho de la pista, escuche la voz del profesor Faustino Carranza que me decía: ¡Levántese!, ¡corra!, ¡El aluvión ya esta sobre nosotros!, volteé la cabeza hacia el este y vi un inmenso remolino mezclado de lodo con un espantoso ruido que se hallaba a la altura de la plaza de armas con un descomunal volumen de unos 70 a 80 metros de altura. Veía avanzar como un remolino arrollando todo, cual una gigantesca mezcladora.
Saqué fuerzas de donde no tenía, me apoyé sobre las puntas de mis codos y haciendo un supremo esfuerzo sobrenatural me levante gateando. Tenía el pie derecho sangrando, dándome impulso con el otro pie, corrí hasta la puerta del cementerio, la que estaba semi abierta y poca gente podía pasar, para ganar altura era otra dificultad, en el último minuto que me quedaba, las piernas de la segunda plataforma se derrumbaron; tuve que saltar y trepar dichos obstáculos.
Llegué al limite de la tercera con la cuarta plataforma, donde una piedra filuda me malogró el pie izquierdo y caí en una zanja de bruces. Ahí todo lo espere...
Miré la base del cementerio  vi cientos de personas arrodillarse con las manos juntas, la mayoría abrazarse cual polluelos que se arremolinan ante el peligro. Instintivamente me llevé las manos al cerebro, esperando el acto final del macabro drama, cuando en ese instante pasaban las piedras disparadas como balas por encima mio. El lodo quedó a tres metros debajo de donde estaba yo. Golpeó al cementerio hasta hacerlo remecer con estruendo incalificable. El Cristo se balanceó mientras los que allí estaban llorando a gritos y casi sin lagrimas presos del pánico.
Así como estaba tendido de cabeza escuchaba que el ruido atronador pasaba por los flancos del cementerio. Y en ese momento, escuché una voz que me decía: ¡Profesor, levántese! y como no podía levantarme, bajaron para cargarme y dejarme en un punto fijo, desde donde sentado como estaba, contemple una noche de demonios y traumatizados de locura a las personas, soporté horas de fuertes vientos, mientras otros mostraban desesperación incalificable, lloraban a voz en cuello, vi exprimirse gota a gota todo el llanto que en ellos había, unos sentados, otros de pie cambiaban de posición en sorprendente actitud desequilibrada semejaban unos locos encerrados en un manicomio sin salida, otros rezaban en voz alta, pidiendo a Dios que no los castigue más.
Pasado algunos minutos vimos el Huascarán integro, pero la ciudad cubierta de negro barro como la superficie de un inmenso lago. Al ver ese cuadro la crisis nerviosa se apodero de todos los que estábamos allí, había momentos de locura cuando las personas sin control de su conciencia querían aventarse al lodo en busca de los suyos, y escuche la voz del profesor Glicerio Flores que decia ¡calma, calma! a las 7 de la noche más o menos escuchamos otro estruendoso ruido y era otro aluvión que pasaba Ranrahirca, llegando hasta Matacoto, es decir al lado Oeste del Río Santa. De pronto llegaron los campesinos de Utcush, que al sentirse aislados subieron al cementerio con sus enseres y ropas uniéndose a nosotros, yo estaba enfermo y herido, una ex alumna Santa Inesina me alcanzó una pollera y una frazada, con lo que quedé abrigado y me uní al grupo. Las horas de dolor y tragedia transcurrían lentamente, no podíamos dormir por el miedo y vimos aparecer al lucero de la mañana como un rayo de esperanza.
Con nosotros también estaba el ingeniero Casaverde, acompañado del geofísico francés J.Patzelt y su esposa, ellos se dirigían de Yungay a Caraz y se detuvieron a la puerta del cementerio a tomar unas fotos y los sorprendió el terremoto. A las 9 de la mañana decidimos salir por Utcush las chacras estaban libres de lodo, por que estaban detrás del cementerio.
Salimos con mi amigo el profesor Carranza y su familia, él se preocupó de buscarme ropa entre las cosas derruidas de Utcush y encontró un pantalón muy viejo y una blusa de mujer, estaba descalzo, pero me amarré papel a los pies simulando sandalias.
Hacia el Norte se pusieron troncos de eucalipto simulando puentes que los pusieron los de Pampac para ayudarnos y comenzamos a pasar como equilibristas con palos, en un momento se cayó una niña y ante la mirada atónita de todos y de la madre se iba hundiendo y cuando su bracito se perdía, dando el último grito, no sé quien la cogió de los cabellos y logró salvarla, alrededor veíamos cuerpos mutilados sin cabeza, sin extremidades, brazos y cabezas solas, era un cuadro horripilante, llorando amargamente llegamos a Cochahuain en donde nos unimos con otros sobrevivientes y llegamos a las 12 del medio día del primero de junio a Pashullpampa y todos nos confundimos en abrazos y llantos.



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